Todo partió cuando se cambió de trabajo: cambió atuendo, cambió micro y cambió todo.
Al cabo de unos días empezó a distinguir caras y a reconocer a aquellos que tomaban la misma micro a la misma hora, incluyendo a esos escolares del colegio en el semáforo, que al principio le molestaban porque no le agradaba el ruido adolescente. Pero entre ellos la vio: una niña que se alejaba de todo, en su propio mundo, excluida de aquella vulgaridad infantil, con cara de más, mente de todo y una belleza absoluta, única y especial por ser tanto más que el resto.
No podía dejar de mirarla, era tan bella que podía olvidarlo todo, su mirada tan melancólica que deseaba hacerla feliz y enseñarle el mundo, ser parte de ella y mostrarle su verdad. La miraba sin temor, hasta que, tan bella como lo había estado en esos cuantos minutos de andar en micro, se bajó, se fue. La veía caminar, alejándose de a poco, sin poder detener la micro, bajarse y besarla, tocarla, o acariciarle el cabello. Así, sin más que hacer o decir, la vio desvanecerse en el horizonte.
La devastación de no volverla a ver fue superada al día siguiente por esa anticipación que le consumía las entrañas mientras la micro se acercaba al colegio, mientras pensaba en volverla a ver, en saber qué era de ella. A punto de aceptar la fugacidad de su aparición y la imagen de la niña volvía a su cabeza, recordaba su cabello y sus labios tan besables, llenos de deseo por una boca, tal vez, como la propia.
Llegaron al colegio y todos subieron, ella incluida. La alegría le inundaba el corazón (o tal vez algo más abajo) y, como la micro iba llena, la niña quedó, aunque parada, cerca suyo. La miraba de reojo para que no se diera cuenta y sentía que tenía que parar, pero no podía ni dejar de mirarla ni de desearla. ¿Desearla? Envidiarla, mejor. Pero nuevamente, llegando al mismo semáforo, se bajó.
Pasaron los días y la niña seguía subiéndose a la micro en el mismo lugar y bajándose donde siempre, seguía mirándola de reojo para que no sospechara y seguía viendo en ella esa magia que no ves en nadie.
Como la niña se subía cuando ya la micro estaba llena, siempre se iba de pie, pero de pronto, un día, lo inesperado, algo inimaginablemente maravilloso: el asiento se desocupó y la niña se sentó a su lado. Nadie podría explicar la emoción que sintió en ese momento, el éxtasis de tenerla a su lado y sentir su perfume, sentir su brazo tocando el de la niña y saber que si movía su pierna un poco, podía sentir la de ella. 'I can't take my mind off you' cantaba la radio y no pudo evitar pensar que no podría haber otra canción más acertada para tal situación. El problema de todo era que, a pesar de tener a la niña a su lado, no la podía mirar... claro, eso hubiese sido demasiado. Por eso se conformaba con mirar por la ventana y tratar de prestar atención a sus más ínfimos movimientos, sintiendo la intimidad de tal cercanía, la proximidad de tal encuentro y, obviamente, dando gracias al micrero que tomaba las curvas con tan poca precaución, prácticamente entregándosela.
Todo esto se parecía mucho a un ¿poema? ¿cuento? bueno, algo de Benedetti... No recordaba mucho, pero sí que dos personas iban en un bus y muchas cosas podrían haber pasado. No recordaba nada más.
Bueno, volvamos a la niña, que de ella trata este cuento. La tenía al lado y no podía hacer nada. Ni siquiera hablarle porque se podía espantar, mucho menos pensar en otra cosa. Sin embargo, era tan bella que podría olvidarse de todos los problemas que seguramente le traería... ¿estupro se llamaba? ¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¡No puedo estar pensando en estas cosas! Eso, niña, haces bien; bájate, vete. No, esto es imposible. ¡Es una niña! No me puede gustar una niña... Tengo que cambiar de micro, aunque camine más.
Afortunadamente, no tuvo que cambiar de micro. Esa misma tarde la llamó su jefe: estaba pensando en transferirla a otra sucursal y quería pedirle su opinión.
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