Al descubrirlo se emocionaban mucho y llamaban a más amigos para que también pudieran divertirse un poco, algo que Osvaldo disfrutaba ya que siempre estuvo a favor de una numerosa compañía y, haciendo lo posible por entretenerlos y despertar un interés que no fuera pasajero, se sentía más feliz que nunca.
Luego de observarlo la primera vez, decidían quedarse un poco más. Esto era, en parte, por pasarlo bien pero también porque no querían que otros niños tuvieran el juguete que ellos habían hallado. Y así volvían a la casa todos los días después del colegio, jugaban con Osvaldo (quien disfrutaba cada momento como si fuese el último) y luego, a medida que el tiempo pasaba, la curiosidad se agotaba y los niños encontraban en la calle más juegos y cosas más entretenidas, aplazando sus visitas tanto y tantas veces que Osvaldo luego comprendía que ese grupo de niños lo había olvidado: nuevamente estaba solo.
Pero luego venían de la corredora, intentando vender la casa y dándole a Osvaldo esperanzas de familia y amistades, esperanzas de niños corriendo por los pasillos y parientes congregados en torno al asador. ¡Era tan emocionante ver que alguien se mostrara interesado en comprar la casa! Osvaldo se emocionaba mucho y ya tenía todo planeado y calculado, imaginaba cómo iba a entretener a los niños, en qué modo fascinaría a las visitas y cómo haría que lo sintieran como parte de la familia... hasta que el comprador descubría la verdadera naturaleza de Osvaldo y, espantado, cancelaba todas las negociaciones.
Lo que Osvaldo nunca entendió era por qué solamente despertaba el interés de los niños y tampoco por qué, luego de un tiempo, todos lo abandonaban. Hasta que un día lo supo: los fantasmas no son amigos de la gente; por eso ahora, luego de enterarse, sólo le queda hacer lo imposible por vengar el daño causado, penar y ser odiado.
Ser temido. Olvidado.
Fran Morales
1 comment:
quando estas tiennes bien en tu coratzon y en el mente, tiennes casi todo, hablamos!
Post a Comment